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" Escribir es otra cosa que rechazar el texto transitorio de la biografía de carne y hueso y lanzarnos a la búsqueda de ese pretexto augurado por la fábula cuya resonancia lejana está tan cerca, que por lo mismo nos iguala. Escribir es, al menos para mí, despellejarme para encontrar la voz que se parece a mí, que lucha por parecerse a mí y que quiere tomar prestada la biografía inconclusa que soy para que, finalmente, vuelva a quedar integrado el fabuloso cuentero en el texto y pretexto de la escritura". (Cita del poeta Manuel Ramos Otero, 1990)
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Ramos Otero, Manuel (Puerto Rico, 1948-1990) fue un narrador y poeta que pasó la mitad de su vida en la ciudad de Nueva York. Ramos Otero hace parte de una generación de escritores puertorriqueños que empezó a publicar en los años setenta. Su actitud radical respecto a la práctica de la escritura y de la vida sexual le hicieron víctima frecuente de la marginación, tanto en su país como en Nueva York, a donde emigró desde 1968 hasta 1990; no obstante, la crítica no pudo dejar de contar con la obra de este autor al referirse a la generación a la que pertenecía. "...yo estoy entre mi ficción y la historia, no estoy fuera de ninguna de las dos sino entre ambas, y todo lo que he escrito, todo lo que escribo, es un intento de atrapar, irónicamente, la voz de mi liberación". Después de morir, en octubre de 1990 a causa del sida sus trabajos han recibido un más justo reconocimiento, y la obra completa de Ramos Otero será pronto publicada en Puerto Rico. (Félix Joaquín Rivera)
Poema 23, Invitación al Polvo
Por Manuel Ramos Otero
Éramos flores desterradas desde un Caribe ancho
y luminoso a un apartamento nocturno y estrecho.
Éramos un recuerdo distinto y similar de voces
amorosas que quedaron atrás encerradas en el
mar, jugando al escondite por bosques milenarios y
volcanes dormidos. Éramos todo eso y mucho más:
el eco de un espíritu sincero que cambió brisa
por humo, fuego de sol por ceniza, gente de carne
y hueso por máscaras anónimas, hombres de la
ciudad que en el amor volvieron a sus islas infinitas.
Cubanacán boricua y Borikén cubano, finalmente
abrazados, con las alas cortadas falsificando
vuelos, como cambiando pétalos por plumas.
Éramos boleristas de la misma loseta: vereda
tropical y niebla de riachuelo, un desvelo de amor
bajo Venus, olas y arenas de una nave sin rumbo,
besos de fuego para una canción desesperada,
yo era una flor y tú mi propio yo. Con lágrimas
de sangre quise escribir la historia que ahora escribo
con sangre, con tinta sangre, del corazón. Éramos
compañeros del desorden profundo, pasión de
vellonera hombres por fuera y por dentro, no
solamente cuerpos sino historia. Éramos la victoria
de amarnos sin prejuicios, sin posesión ni celos,
sabiendo que lo eterno dura un segundo. Éramos los
remeros de la misma galera en busca de esa isla que
al final los libera. Éramos mucho menos
de lo que ahora somos.
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